«Yo solita», les dice Sara Martín a sus padres cuando intentan abrirle la puerta del portal. «Yo solita», les repite luego, cuando lo que toca es elegir una galleta de chocolate. «Yo solita», insiste, y a los dos se les ilumina la cara, porque hubo un tiempo en el que dudaron de si su hija pequeña, que acaba de cumplir cuatro años, podría dar sus primeros pasos o pronunciaría sus primeras palabras.
Sara sufrió un ictus cuando todavía estaba en el vientre de su madre. Durante la gestación, la parte derecha de su cerebro soportó un grave infarto del que nadie se percató hasta que, cuatro meses después de su nacimiento, aparecieron las crisis epilépticas como primer signo de que algo no iba bien. Unas semanas más tarde, el diagnóstico definitivo dejó a Rosa Millán y José Martín, los padres de Sara, al borde de un abismo. Porque nadie podía garantizarles qué iba a pasar ni cuál iba a ser el desarrollo de la pequeña después de aquel trastorno que, pensaban, «sólo afectaba a las personas mayores».
«Es una creencia generalizada que el ictus no es cosa de niños, pero la realidad es que entre 2 y 13 niños por cada 100.000 sufren al año un ictus en España», explica Pedro Castro, especialista en Neuropediatría del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid. Las cifras están lejos de los 150-200 casos que se producen por cada 100.000 habitantes al año en adultos, pero no se trata ni mucho menos de una incidencia testimonial. «Es una de las 10 primeras causas de muerte en la infancia y el daño cerebral que provoca puede ocasionar secuelas importantes», señala Castro.
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