Alzheimer: memoria del olvido


Convivir con una persona que padece Alzheimer es quedar atrapado en el tiempo. El mundo fluye, pero uno se conforma con la interacción de una caricia. Soldar las manos, rescatar un olor añejo, mencionar un nombre que irrumpe como un calambre de recuerdos. “Es un triunfo de la vida -pergeñó García Márquez en Memorias de mis putas tristes– que la memoria de los viejos se pierda para las cosas que no son esenciales, pero que raras veces falle para las que de verdad nos interesan”.

Persona Sola en Banco

El Día Mundial del Alzheimer, que fue ayer, sirve al menos para poner sobre el tapete público la crudeza de una bestia creciente. Resulta difícil describir la devastación de una enfermedad irreversible y progresiva que clava el borrado del sistema cognitivo en miradas desvaídas y enojos repentinos. Según la Organización Mundial de la Saludcasi el 70% de los 50 millones de personas que padecen demencia en el mundo sufren Alzheimer -la forma más común de demencia- y dos de cada tres son mujeres. En nuestro país, la Sociedad Española de Neurología cifra en 800.000 el número de enfermos, pero calcula que existe un 30% sin detectar. Añadan a ello el impacto en el medio rural, teniendo en cuenta el envejecimiento demográfico, y

el hachazo asestado al sistema público de la dependencia durante los últimos siete años: la norma cumplió una década en 2016 con 355.596 personas esperando una ayuda que ya les había sido reconocida.

Estas cifras deberían mover a un Gobierno como el de Sánchez, que presume de ser “social”, a cumplir de una vez con la batería de medidas comprometida por los sucesivos Ejecutivos desde hace dos décadas. Los médicos y científicos rastrean la fase silenciosa que comienza a operar en el cerebro del afecto 15 o 20 años antes. También insisten en la prevención y tratan de ralentizar su trayectoria. Pero sigue siendo una enfermedad sin antídoto.

A propósito de su padre, Manuel Vilas escribe en Ordesa: “En los últimos años de su vida ya no se enteraba de nada. Deambulaba por la vida, a la espera de nadie sabe qué. Se quejaba muy poco, pero no de su enfermedad sino de pequeñas adversidades cotidianas. Parecía no recordar cosas”.

El Alzheimer no se cura con ñoños mensajes políticos en Twitter con motivo de una efeméride. Se cura aportando los recursos económicos necesarios.

Fuente: Raúl Conde – www.elmundo.es

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